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La meditación es insondablemente poderosa
Él es eterno. Podría estar sentado así para siempre. Hay algo que impone cuando vemos a un Buda en meditación. ¿Qué será lo que contempla en lo más hondo de sí? Se ha zambullido en un infinito océano interior para hallar los tesoros ocultos del universo y los rubíes de la mente. Una figura que medita puede causar una profunda impresión, no importa si es de piedra o de carne y hueso. Hay una anécdota acerca de Daito, un maestro zen que vivió un tiempo con unos mendigos bajo los puentes de Kyoto. Era una época en que había una costumbre brutal, según la cual, los samuráis probaban sus espadas nuevas sobre una víctima humana. Una tarde se vio a un samurái rondando la zona. Los mendigos estaban aterrados. Sabían que al caer la noche el samurái vendría a probar su espada sobre alguno de ellos. Daito les dijo que se escondieran. Luego, se sentó calmadamente en postura de meditación, a mitad del camino. Con la noche llegó el samurái y se le acercó. Le gritó que se preparara para morir porque lo iba a partir en dos. No hubo respuesta. La figura en calma seguía sentada frente a él, emanando esa sensación de vasta energía, encausada con gentileza, que proviene de alguien que medita profundamente. Al ver a su víctima serena, el samurái vaciló y se acobardó. Al final, se escabulló entre la noche.

La acción que surge de la vacuidad
Las manos de Amitaba están unidas cerca del centro de su cuerpo, una sobre la otra. Los pulgares apenas se tocan. ¿Qué nos pueden decir sus manos? Son, a la vez, activas y receptivas. Sugieren el camino medio y el consejo que el Buda dio a Sona, el monje que practicó tanto tiempo la meditación caminando, andando de aquí para allá, que le sangraron los pies. El Buda le explicó que en su meditación debía ser como un laúd bien afinado. Si las cuerdas están demasiado flojas o demasiado apretadas no se puede tocar. Los pulgares que apenas se rozan mantienen una conciencia constante de un desarrollo espiritual equilibrado. En cuanto al espacio oval que encierran las palmas y el arco de los pulgares, notamos que Amitaba abraza el espacio, que es como un huevo de vacuidad. ¿Qué nacerá de él? El único interés del Buda es crear condiciones que ayuden a los seres vivos a escapar del sufrimiento, de modo que del huevo de la vacuidad surgirá toda una tierra pura, con su brillantez infinita y con inagotables enseñanzas sobre el Dharma.

La conciencia transforma positivamente al mundo
Si contemplamos la figura serena del Buda que medita podemos entender con más claridad lo que está en juego cuando uno practica la meditación, en ese espacio oval que él acuna en su mudra. Es gracias a la espaciosa conciencia que se crea cuando meditamos que podemos notar cómo nuestros pensamientos crean un mundo y cómo es en verdad posible cambiar nuestro mundo. Cuando nos damos cuenta que nosotros en efecto creamos el mundo podemos empezar a responsabilizarnos de él y, entonces, trabajar para crearnos un nuevo mundo, elevando nuestro nivel de conciencia y creando mundos cada vez más felices y más bellos.

Fuente: Vessantara, Mandala of the Five Buddhas, Windhorse Publications, Traducción y edición de Oscar Franco.

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