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Enero, 2015
Arte urbano budista contra el autoritarismo

Budismo, democracia y arte urbano son tres conceptos independientes, casi se diría que opuestos, cuyos límites se desdibujan en la frontera de Myanmar. Jeff Durkin los ha retratado en el laureado documental Art as a weapon como si formaran parte de un todo, de una sola historia. La cinta consigue ensamblar las piezas de este complicado rompecabezas gracias a entrevistas con grafiteros, monjes budistas y alumnos y profesores de la Brilliant Burma art school, el primer colegio que enseña técnicas de street art para luchar contra el autoritarismo.

La Brilliant Burma art school se fundó como una escuela independiente en 2010. Lo hizo en la frontera entre Tailandia y Myanmar (la antigua Birmania), en la pequeña ciudad de Mae Sot. A este lugar acuden muchos refugiados birmanos, gente que tras medio siglo de dictadura militar, de persecuciones, torturas y arrestos arbitrarios se ha visto obligada a huir. Lejos de seguir el modelo de las escuelas tradicionales de inmigrantes, la Brilliant Burma persigue empoderar a sus estudiantes a la vez que los forma en materias tan diversas como el arte, el cine o el periodismo. Y usa estos conocimientos para intentar propagar un mensaje de cambio.

El contacto de Durkin con la Brilliant Burma fue tangencial y enrevesado, casi se puede decir que no existió hasta que no se echó la cámara al hombro. Durkin era un cineasta reputado, con ocho películas en su currículum y ningún proyecto a la vista, cuando el grafitero Shepard Fairey pintó un enorme monje budista en un edificio de su barrio, en San Diego. El mural pretendía ser un homenaje a los monjes que mostraron su resistencia pacífica al régimen birmano en la llamada Revolución Azafrán.

Fairey es un artista urbano que utiliza sus grafitis para denunciar los crímenes contra la humanidad. Aquel del monje budista, con más de cuatro metros de largo, era el más grande que había hecho hasta la fecha. También sería el que más repercusión acabaría obteniendo. Sin saberlo, Fariey había plantado una semilla en Durkin. Una semilla que estaba destinada a germinar a miles de kilómetros de allí, en la frontera de Myanmar.

Jeff Durkin tardó dos años en producir y grabar Art as a weapon. Mientras lo hacía, los acontecimientos se iban agolpando e iban cambiando la realidad que estaba retratando. Las medidas para la democratización de Myanmar se hacían más patentes. Llegaron las elecciones. La premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi pasaba de vivir en un arresto domiciliario a ser una parlamentaria. La democracia llegaba tímidamente a las calles después de medio siglo de represión militar. Y a medida que filmaba, los muros se salpicaban de colores, florecían con dibujos y grafitis. Despertaban tras un invierno en blanco y negro.

«Donde no hay grafitis hay totalitarismo, hay dictadura, así que allá donde haya grafitis habrá una esperanza de democracia». Esta frase, pronunciada en el filme, retrata a la perfección la filosofía que inspira a la Brilliant Burma art school. «Veo los cambios y creo que son irreversibles. Es un avance muy positivo», comenta en la cinta Erik Nordrvet, fundador y profesor de la escuela, «pero lo que les digo a mis estudiantes es que no les van a regalar la libertad. Tienen sus propios planes sobre cómo manipular la situación, cómo controlarla. Estamos viviendo el principio de la libertad, así que este es el momento», sentencia. El pesimismo de Nordrvert está justificado. Este profesor estadounidense lleva cinco años luchando desde la frontera contra un régimen represivo. Lo hace con educación y sprays, con pinceles e ilusión. Y si las noticias que se dan en los periódicos no terminan de animarlo, sí lo hacen los progresos que van haciendo sus alumnos año tras año. Ellos son conscientes de que sus actos, que en Europa se saldarían con una sanción administrativa, pueden llevarlos a la cárcel nada más cruzar la frontera. Tienen el ejemplo de Generation Wave, un colectivo de artistas y activistas que llevan reclamando libertad a base de grafitis desde 2007. Treinta de sus miembros han pasado un tiempo entre rejas.

Ver a una pandilla de adolescentes birmanos pintar una pared gris en la clandestinidad de la noche tiene algo de inspirador. Ver a un monje budista colocando modernos stickers -pegatinas con diseños propios del arte urbano- con la cara de una presa política, también. Y viendo ambas secuencias el espectador tiene la sensación de que todo encaja. De que budismo, arte urbano y activismo político tienen, en este lugar, un vínculo potente.

El budismo está en conexión con la naturaleza. Buda afirmaba que todo está sometido a un cambio constante, como los árboles, el curso de un río o la propia vida humana. Todo cambia, nada es estático. El steet art es quizá la única expresión artística consciente de esta realidad. La única que la abraza y la incluye como si fuera algo inherente a su ser. Las intervenciones urbanas están expuestas al sol y a la lluvia. Mutan con la ciudad, con la caída de muros y la superposición de nuevas pintadas. Sus colores se desvanecen con el tiempo. Cambian.

«No puedes atarte a tus trabajos pasados», comenta Fariey sobre esta naturaleza efímera, «porque no sabes cuanto van a durar». Para este artista estadounidense las conexiones entre budismo y street art van más allá. Como afirma en el film «el budismo tiene una forma de protesta no violenta que comparte con el arte urbano. Expresar una idea ahí fuera y exponerla de forma no violenta es una manera de conquistar las mentes, de derrotar al miedo. Puede funcionar para presionar y forzar los cambios».

«En un contexto diferente pensaríamos en el arte como una herramienta, como una voz o una forma de expresarse», reflexiona el profesor Nordrvet. «Pero teniendo en cuenta lo que ha pasado esta gente, lo que les queda por afrontar… Viendo lo que pasa aquí día a día, el brutal abuso a los derechos humanos, las torturas… En este contexto, sí. El arte es un arma de defensa propia». Un arma que puede ganar la batalla.

Fuente: http://www.yorokobu.es/brilliant-burma/

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