Lunes 21 de Abril del 2014

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Nanda y las Ninfas



El medio hermano del Buda que quiso ganarse a las ninfas

Un año después de la iluminación del Buda

Siete años habían pasado desde aquella mañana en la que el príncipe Siddhartha intercambió sus sedas y sus joyas por los mantos de un vagabundo y vadeó el río que delimitaba la frontera del territorio de los shakyas, con lo cual dejaba atrás para siempre su vida anterior. Ahora, ya iluminado, Gotama retornaba a la tierra de los shakyas. Aunque apenas había pasado un año desde que logró alcanzar la iluminación, su fama de gran santo y maestro se había expandido con rapidez en todo el norte de la India.

De príncipe a mendigo
Sin embargo, los shakyas eran una raza orgullosa y en un principio estaban renuentes a mostrar algún respeto a ese hombre que, según sentían, los había desdeñado junto con toda su tradición guerrera cuando se marchó para vivir como un monje. En particular, aquello fue muy difícil para el viejo rey Suddhodana, que resintió en lo más profundo la pérdida de su hijo y que durante los años transcurridos había envejecido considerablemente. Ahora que veía de nuevo a su hijo sentía a la vez una inmensa alegría y una intensa tristeza porque lo encontraba vistiendo los harapos de un santo errante. Sobre todo le dolía pensar que su hijo, un príncipe shakya, anduviera de puerta en puerta pidiendo comida a quienes bien habrían sido sus súbditos.

Entre el linaje espiritual y el mundano
Suddhodana intentó disuadir a su hijo diciéndole que no era adecuado que alguien de su linaje mendigara alimentos por las calles de Kapilavastu. Gotama respondió que ahora su linaje era el de los budas y que en la tradición de éstos siempre había figurado el vivir sin hogar ni posesiones, pidiendo comida como limosna, de manera que él continuaría con esa tradición. No obstante, estaba de acuerdo en que él y sus seguidores podían ser invitados de vez en cuando a una comida ceremonial por parte de alguna familia.

El regalo que el Buda le hizo a Nanda antes de su boda
Suddhodana no perdió el tiempo y pronto los invitó a su palacio, justo el mismo día en que se celebraba el próximo casamiento de Nanda, medio hermano del Buda, con una bella y noble mujer shakya. En la comida, ambos hombres se sentaron juntos y cuando el Buda se levantó para marcharse le entregó a Nanda su cuenco de mendicante. Nanda no supo muy bien qué hacer, pero como era respetuoso y bien educado siguió al Buda y llevó consigo el cuenco. Salieron del palacio y caminaron hasta el bosque, fuera de la ciudad, donde estaban morando el Buda y sus seguidores.

De pronto, Nanda ya es un monje

Cuando Nanda salía del palacio su prometida le pidió, “vuelve pronto, príncipe”, pero pasó mucho tiempo antes de que volviera a verlo. Cuando ellos llegaron al bosque el Buda le preguntó a Nanda si no le gustaría abandonar la vida hogareña y seguirlo. Todo había sido tan rápido que Nanda se sentía confundido. No tenía una gran inclinación hacia la vida espiritual pero sí mostraba un gran respeto por su medio hermano y fue por eso que accedió y enseguida recibió la ordenación como monje.

Los viejos hábitos persisten

Tiempo después, cuando habían partido de Kapilavastu, algunos discípulos se acercaron al Buda y le dijeron que aunque Nanda ya era un monje conservaba unas costumbres palaciegas; vestía mantos muy bien planchados, se ponía aceite en los párpados y llevaba un fino cuenco vidriado. El Buda llamó a Nanda y le preguntó si era verdad lo que había escuchado. Nanda admitió que así era y el Buda le dijo que, puesto que había renunciado a todo para seguir la vida espiritual, en adelante debería vivir en el bosque, comer sólo lo que recibiera como limosna, vestir mantos hechos con los remiendos de trapos que otros hubieran desechado y dejar de buscar la satisfacción de los deseos de sus sentidos. Nanda era humilde y procuró corregir su conducta, aunque seguía resultándole muy difícil acostumbrarse a esta vida tan dura aunque sencilla.

Un fuerte deseo de volver atrás

Unos dos años después de que había dejado el palacio para seguir al Buda, Nanda estuvo muy cerca de abandonar en definitiva la vida espiritual. Empezó por contarle a otros monjes que se sentía insatisfecho con el estilo de vida monástico y que anhelaba el mundo que había dejado atrás, en Kapilavastu. De nuevo, esto llegó a oídos del Buda y, otra vez, éste llamó a Nanda y le preguntó si era cierto que estaba considerando dejar a un lado la vida noble.

“Así es, señor”.

“¿Por qué, Nanda?”.

“Aquel día en que partí contigo, la bella joven shakya que habría de ser mi esposa me miró y me dijo, ‘vuelve pronto, príncipe’. Pienso en ella continuamente y no soy feliz con la vida que ahora llevo”.

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