Lunes 1 de Septiembre del 2014

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Dogen el practicante de la vida diaria


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Una importante decisión en su juventud
A Dogen Zenji, que vivió entre el 1200 y el 1253, se el considera el maestro preeminente del zen soto de Japón y una de las personalidades religiosas más destacadas de ese país.

Dogen perdió a su padre cuando tenía dos años y a su madre cuando tenía siete. En medio de esa pena y de la soledad se dio cuenta de la fragilidad de todo lo mundano. Tras la muerte de su madre lo adoptó su tío, un poderoso aristócrata que quiso convertirlo en su heredero. Tenía 12 años cuando se enteró de los planes que se le deparaban y huyó de la casa de su tío justo antes de la fecha fijada para los ritos de la pubertad que marcarían su entrada a la vida secular y, en cambio, se acercó a otro tío más joven que vivía como ermitaño al pie del monte Hiei. Ahí entró en un monasterio y se consagró por completo a la vida religiosa y al estudio de las escrituras sagradas.

Soltar el cuerpo y la mente
Sin embargo, el joven monje estaba invadido por una duda que ninguno de los monjes eruditos tendai de su monasterio podía contestar a su entera satisfacción: “si todos los seres poseen ya la naturaleza búdica, ¿por qué hay que procurar que surja la voluntad hacia la iluminación y participar en prácticas para alcanzarla?”.

Su búsqueda de la respuesta lo llevó al fin a China, al monasterio de Ju-Ching, un maestro de la escuela ts’ao-tung (o “soto”, en japonés), donde se practicaba con mucha intensidad la meditación. Una noche, durante una sesión de meditación, Ju-Ching le gritó al monje que estaba sentado junto a Dogen: “¡Cuando estudies bajo la dirección de un maestro debes soltar el cuerpo y la mente! ¿De qué sirve dormir pesadamente con la mente fija en un propósito?” Al oír esas palabras, de pronto Dogen sintió lo que era soltar el cuerpo y la mente. Su dilema estaba resuelto. Recibió de Ju-Ching el sello y el manto de la sucesión del patriarcado de la secta soto y regresó a Japón para enseñar. A diferencia de lo que hacían otros peregrinos budistas que habían viajado a China, Dogen retornó a Japón sin llevar nuevos sutras, ritos o imágenes sagradas. Según sus propias palabras, llegó “con las manos vacías”, sin saber nada más que “los ojos están horizontales y la nariz vertical”, mas no obstante, “con una pesada carga sobre los hombros”. (Stephen Batchelor, The Awakening of the West: The Encounter of Buddhism and Western Culture, Aquarian, Londres 1994, p.127).

La no-dualidad
El elemento clave en la enseñanza de Dogen es la no-dualidad esencial de todos los fenómenos. Sin embargo, esa no-dualidad no es sólo un concepto. Conocerla de verdad implica percibirla en todo momento. El dilema que él tenía se debió a que consideraba que la naturaleza búdica y las prácticas que uno efectuaba para alcanzarla eran dos cosas distintas. Ahora veía que en realidad eran una sola cosa. La práctica es la iluminación.

La práctica de zazen
Por sobre todas las cosas hacía énfasis en zazen, la práctica formal de meditación sentado, pero zazen no era una práctica que uno abordara para alcanzar la iluminación en el futuro, ya que el zazen, realizado como es debido, trasciende la dicotomía entre “práctica” e “iluminación”:

Practicar con sinceridad el Sendero es, en sí, la iluminación. No hay frontera entre la práctica y la iluminación ni entre zazen y la vida cotidiana. (Yuho Kokoi, Zen Master Dogen. An introduction with selected writings, Weatherhill, Nueva York y Tokio 1976).

Como lo pone Dogen, la práctica es en sí la manifestación de una profunda percepción intrínseca. El Dharma está ampliamente presente en todos los seres pero si uno no lo practica no se manifestará y si no lo percibe con claridad no lo alcanzará. Además, este logro no es un logro, no es el resultado de tratar de alcanzar algo. Todas las cosas son siempre la naturaleza búdica. Cuando uno lo ve así, de manera perfecta, tal como es en el momento presente, en total comunión con lo que sucede alrededor, completamente abierto a sus maravillas y a su perfección (como la misma realidad absoluta, en efecto), observa a la vez la naturaleza de la práctica y la naturaleza de la iluminación.

Instrucciones para el cocinero
En su tratado Instrucciones para el tenzo (el jefe de la cocina, personaje que ocupaba un puesto muy importante en el monasterio), Dogen habla sobre la identidad entre la práctica budista y la vida diaria.

Mantén una actitud que demuestre que con aquellos vegetales ordinarios estás a punto de construir grandes templos y que exprese el budadharma a través de la actividad más trivial. Cuando con legumbres comunes prepares una sopa no dejes que te conduzcan sentimientos de desprecio hacia ellas ni las tomes a la ligera. Tampoco brinques de alegría sólo porque te trajeron ingredientes de calidad superior. (Dogen, From the Zen Kitchen to Enlightenment, Weatherhill, Nueva York 1983, p. 7).

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