Jueves 18 de Septiembre del 2014

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Atisha el sistematizador de las enseñanzas


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El Tíbet en el siglo IX
El Dharma floreció en el Tíbet durante unos 60 años después de la fundación del Monasterio de Samye (ver Padmasambhava). Un día, a mitad del siglo IX, el último de los reyes que favorecieron al budismo, Relpa Chen, fue asesinado y reemplazado por su hermano Langdarma, quien perseguía a los budistas de su reino hasta que lo asesinó un monje que deseaba proteger el Dharma. Durante dos siglos el Tíbet decayó en una tierra sin ley y el Dharma fue declinando. Sin embargo, hacia el siglo XI la situación comenzó a estabilizarse en cierto grado y la vieja familia real que sobrevivía en el oeste del país fomentó el Dharma.

El maestro indio Atisha llega al Tíbet
En 1402 el famoso maestro indio Atisha aceptó la invitación que le hicieron y llegó al Tíbet para enseñar. Atisha recibió la diputación del reino del Tíbet Occidental mientras residía en la universidad monástica de Vikramalashila. Sin embargo el rey había sido capturado por unos bandidos que exigían un rescate por él. Sólo lo liberarían si sus súbditos lograban igualar su peso en oro. Después de varios años, su sobrino, que fungía como regente en ausencia del rey, había completado ya lo que correspondía al peso de su cuerpo pero faltaba la cabeza. El rey ya estaba viejo y comprendía la opresión que habían padecido sus súbditos al intentar conseguir tanto oro, así que desde su cautiverio se comunicó con su sobrino. “No se preocupen por mí”, le dijo, “ya estoy viejo y acabado. Pronto moriré. Déjenme aquí, donde me encuentro cautivo y empleen ese oro para invitar al gran Atisha a que venga al Tíbet. Lo que verdaderamente importa es el Dharma”.

Cuando Atisha supo esta historia se sintió muy conmovido y consultó a la bodhisatva Tara, su deidad tutelar, quien le dijo que si hacía lo que le pedían reduciría de manera considerable la duración de su vida, pero que eso le permitiría beneficiar a muchos seres, así que aceptó la invitación. Dejó atrás todo cuanto había logrado en la India y dedicó los últimos doce años de su vida a difundir las enseñanzas del Buda en el Tíbet, donde causó un efecto enorme en la comunidad budista que ya comenzaba a revivir.

La segunda difusión del Dharma en el Tíbet
A Atisha se le reconoce como el iniciador de lo que se ha denominado la “segunda difusión” del Dharma en el Tíbet. A diferencia de la primera difusión, esta segunda fase se caracterizó por la plena confianza en las fuentes indias de inspiración y Atisha tuvo mucha actividad deteniendo la propagación desordenada y descuidada de las prácticas y los textos religiosos que para entonces se habían desarrollado, muchos de ellos de dudosa procedencia.

La vida de Atisha
Atisha Dipankara Srijñana había nacido en el seno de una familia aristocrática en lo que hoy es Bangladesh. Era una familia de practicantes del vajrayana y, naturalmente, Atisha siguió sus pasos. Se dice que su propio padre, un importante jefe de la región, fue quien lo inició en la práctica vajrayana. Sin embargo, cuando creció, Atisha sintió que esa práctica no lo estaba llevando a ningún lado y decidió asomarse a las primeras tradiciones budistas para inspirarse y buscar sus enseñanzas. Así comenzó a estudiar la literatura agama, las reseñas en sánscrito de esos textos que ahora conocemos principalmente en su versión en pali. Asimismo, estudió el Vinaya y el Abhidharma. Cuando llegó a dominar esas escrituras abrigó el intenso deseo de estudiar el mahayana, pero había muy pocos textos y en ese momento, en la India, no encontró ningún maestro mahayana. Tuvo que viajar hasta Sumatra, en un peligroso recorrido que le tomó 13 meses, para hallar por fin los textos y el maestro que buscaba. Así era su determinación. Cuando al fin volvió a la India se estableció en Vikramalashila, donde creció su reputación como gran erudito y practicante budista. Fue de este lugar de donde partió con rumbo al Tíbet.

“Lámpara que alumbra el sendero”

Dromton, discípulo de Atisha, fundó la primera orden budista completamente tibetana, la kadam, que tomó como su texto raíz el Bodhipathapradipa, “Lámpara que alumbra el sendero hacia la iluminación”, de Atisha. Se trata de un texto que integra, de manera sistemática, todas las enseñanzas que Atisha había recibido de sus múltiples maestros y delinea un camino gradual a la iluminación, con base en la ética, que iniciaba con el desarrollo de la compasión y la sabiduría y culminaba con la práctica tántrica. Este “sistema triyana”(de los tres vehículos) considera que el hinayana representa el sendero de la ética, el mahayana simboliza el camino de la compasión y la sabiduría y el tantra es el que conduce a la iluminación suprema. Las enseñanzas de Atisha combinaban las dos principales tradiciones del mahayana indio, con énfasis en la afirmación de Nagaryuna acerca de la necesidad de una percepción profunda a través de shúnyata (vacuidad), así como en la perspectiva de Asanga sobre la acción compasiva de la mente iluminada que todo lo incluye.

Difusión de la veneración a Tara

También se le atribuye a Atisha la difusión por todo el Tíbet de la práctica de devoción hacia Tara. Además, una y otra vez, Atisha hizo hincapié en la importancia de ir a refugio a las tres joyas. Fue tanta su insistencia que, de hecho, se le reconoció como el guru del refugio.

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